Ylum |
![]() ~ Cuatricromía delirante a ritmo de rock'n'roll ~
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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006.
1. I was made for lovin’ you. Porque, vamos a ver, Kitty era precisamente el miembro que necesitaba la Patrulla X. La amiga perfecta para ese lector medio, habitualmente nerd, que se identificaría con una estudiante de trece años inteligente, que sacaba buenas notas y no se metía en líos. Además era ágil y atlética (cosas del ballet, supongo) y, si bien con John Byrne, su creador gráfico, fue algo larguirucha y con orejas de soplillo, la llegada de Paul Smith la convirtió en una chica realmente mona. Es decir, dejando aparte su poder mutante (y que tuviese un cociente intelectual de superdotado), Kitty era tan maravillosamente normal que sería el orgullo de cualquier padre tanto como el amor platónico de todo chico formal. Vale que luego se convirtió de manera poco usual en una experta en lucha y artes marciales, y eso da un poco de miedo, pero es lo que ocurre cuando te juntas con ciertas compañías. Encontró su primer amor en su compañero de grupo Coloso, y es que el buenazo de Piotr también lo tenía todo. No sólo era un chico de encanto exótico, fuerte y musculado, con gran sensibilidad artística... encima su nobleza le impedía no aprovecharse de Kitty cuando a ésta le picaba (tranquila, chica, que te montaron la escena tan bien que no quedaste como una salida). La relación en sí duró poco, pero de sus cenizas nació una gran amistad. Qué bonito. Kitty Pryde no era para nada la típica damisela en apuros, por supuesto. Era valiente, independiente y con un carácter que evolucionaba hacia la madurez emocional quizá demasiado rápido para su edad. Pero, de nuevo, es lo que ocurre cuando te juntas con ciertas compañías. 2. Dirty livin’. A fin de cuentas, su romance con el políticamente incorrecto Pete Wisdom no fue mala idea. Kitty ya había dejado atrás buena parte de su inocencia, aunque casi siempre se la recuerde así, y Wisdom resultaría un revulsivo para su vida. El único problema es que la pareja tenía entre 15 y 20 años de diferencia, pero bueno, Warren Ellis se apresuró en remarcar que ella ya había cumplido los 18 en aquél entonces... Tras la ruptura con Wisdom (pasando a tener 16 años, claro) y la separación de Excalibur, Kitty volvió a la Patrulla X. O por lo menos dicen que era ella. Ya no es que se comportase de forma opuesta a lo que entonces debía haber sido su Después, en MechaniX ya la encontramos con cuero y piercings, además de lo que parecía ser un guiño físico a Angelina Jolie. Y lo peor es que Chris Claremont, que tendría que ser quien mejor conociese al personaje, mantenía que sabía adónde dirigía a Kitty, que estaba todo planeado desde el principio. Sí, ya. De la niña prodigio no quedó ni rastro, a menos que dedicarse a servir copas tras la barra del Belles Of Hell vistiendo minúsculas piezas de cuero lo consideremos una muestra de talento. Y no me vale que es el típico trabajo juvenil para que Kitty se pague los gastos mientras estudia, porque en clase tampoco parece tener la actitud adecuada para la pequeña genio que una vez fue. Si antes Kitty era fan de Dazzler, ahora parecía serlo de Avenged Sevenfold, como mínimo. Al menos, a su versión Ultimate le han puesto los piercings desde el principio... Tenía escrita otra cosa para hoy, pasando directamente de todo ese rollo de los tres seises, del remake cinematográfico que aún no he visto pero seguro acabaré viendo y de lo “originales” que han sido los jebis en todas partes con su woe to you, oh Earth and Sea... (olvidándose siempre de aquella mucho más simpática de maaarca mi núuumero...) en un día como éste, pero me ha parecido objetivo cambiarlo por la difusión del programa de Eurovisión La Cita. Totalmente objetivo que es uno, sí, ya. Sin embargo, no creo en las casualidades. Que entre hoy tan fuerte en la Red el piscolabis post-derrota eurovisiva de nuestras seleccionadas españolas no puede ser accidental. Yo, particularmente, esperaba el vídeo como agua de mayo, sobre todo cuando me enteré que había sido un espectáculo digno de pasar a la Historia de la Televisión. Tras verlo ahora, poco puedo añadir a todo lo que se dijo por ahí sobre este especial de TVE, y más cuando llego ya tan tarde al tema. Se ha hablado de que Massiel estaba pasadísima de rosca, que Carlos Lozano soltaba chascarrillos a destiempo... No es así. Es mucho peor. Pero es justo señalar cómo se ha malinterpretado la actitud de Massiel, vehemente de toda la vida, como una táctica de acoso y derribo hacia Las Ketchup, y con ganas de dar la nota ensalzando a Lordi más allá del deber. Yo lo veo de otra manera. ¿Cuántas de todas las cosas que dijo eran falsas? Ninguna. Sí es verdad que, de todas formas, se mostró demasiado altiva, y hubo momentos en los que se le subió a la cabeza. El orgullo, digo. Pero es lo que pasa cuando te juntas con personajillos de la talla de Santi Meifrén (Lordi no me ha gustado nada. Ellos eran feísimos, horrorosos) o Pepa Jiménez (Ha sido espantoso. Nunca he visto una cosa más fea que 'eso'), que inevitablemente tiendes a sentirte superior. Es normal. Me ha gustado también que, dado que mencionar a los sobadísimos Metallica o AC/DC no demuestra nada a estas alturas, se haya adentrado en datos que parecían referirse a la carrera en solitario de Nuno Bettencourt, el ex-guitarrista de Extreme, al hablar de sus poco conocidas capacidades vocales. No me extrañaría que Massiel tuviese copias de importación de esos proyectos de Nuno que no llegan a Europa; se notó que controlaba. Y yo todavía sin el de DramaGods... En fin, un vídeo que podría estar viendo una y otra vez sin cansarme, que había sido antes lanzado por news, pero que alcanza hoy justamente su expansión por medio de los adecuados canales del Virublog y del foro de La Mesa Camilla. Fue el detalle de Quique de compartir el programa en descarga directa, tras grabarse casualmente y “sin querer” por un amigo suyo, el que me ha hecho aplazar al Doctor y al TARDIS para otro día. Pero, repito, no creo en las casualidades, y menos hoy. La semana pasada lo volví a ver. Otra vez, sí, el primer episodio de Doctor Who. Porque me apetecía verlo y porque quería hablar sobre la serie. Hay algo que me hace volver a ese capítulo una y otra vez, probablemente la sensación de estar asistiendo al principio de algo muy grande, no sé. Ese origen se reinventaría unas cuantas veces, dadas las circunstancias especiales de su estructura, pero la sensación permanece y me sigue maravillando cada vez. 1. Atrás en el tiempo. Conocí Doctor Who supongo que como casi todos: mediante su emisión en las televisiones autonómicas, con Tom Baker en el papel de Doctor, no me acuerdo ya ni hace cuantos años. Poco imaginaba yo que aquello fuese la temporada decimotercera (y las dos siguientes también, por lo menos) de la que sigue siendo la serie de ciencia ficción más longeva de la televisión. Y probablemente la mejor, que San Roddenberry me perdone. El caso es que a mí me tenía totalmente cautivado su estética (cifi setentera), su estructura (la que mucho después descubriría que tenían los viejos seriales británicos) y sobre todo los variopintos personajes (el antiheroico y extravagante Doctor, los daleks y Davros, Noah y el Arca con bichos, los cybermen, Morbius y su cerebro...) de unas historias que cambiaban constantemente de ambientación. Que me gustaba mucho, vamos. En una de las reposiciones anunciaron el horario de la serie con unas imágenes que no había visto. Nuevos actores, nuevos decorados, una estética ligeramente más moderna. ¡Eso es que iban a echar nuevos episodios! Pues no. Empezaron con el del robot locuelo y siguieron como siempre. Me quedé con la intriga de saber de dónde habían sacado aquéllas imágenes. No fue hasta años más tarde, cuando estuve estudiando en Inglaterra, que tuve acceso a toda la mitología de Doctor Who. Inabarcable. Colecciones de vídeo, novelitas, cómics, revistas, audiolibros, guías... El Doctor era todo un fenómeno en su país de origen, perfectamente comparable al de Star Trek en EEUU, y del que llegué a ver referencias publicitarias, troquelados de daleks a tamaño real en tiendas de todo tipo anunciando cualquier cosa y flyers que avisaban de convenciones de fans acérrimos (ese tipo de movimientos que ahora aquí se llaman frikis, pero sin ser imbéciles, espero). Con toda la información al alcance, la cosa ya estaba clara. El Doctor se regeneraba. Ese era el término que permitía renovar reparto, situaciones e incluso la personalidad del protagonista. Regeneración. Qué gran invento. Sin embargo, la idea de la regeneración surgió posteriormente y sobre la marcha, como excusa para el cambio de protagonista. No está mal, una serie que se desarrolla adelante y atrás en el tiempo, necesita de ciertos ajustes sobre la marcha. Retrocontinuidad constante, muy adecuado. Pero el comienzo de todo el universo de Doctor Who me sigue llamando mucho, como ya he dicho. Y por eso me puse otra vez con el primer episodio, que tiene partes que por mucho que se vean una y otra vez uno no se las acaba de creer. 3. Orígenes secretos. Lo primero que me llama la atención no es la inocencia que desprende la historia, ni lo pillado por los pelos que está todo para que los protagonistas queden atrapados en un viaje perpetuo por tiempo y espacio. No, lo primero que me llama la atención es que, opuestamente a los cánones televisivos actuales, el titular de la serie es un hombre mayor, supuestamente abuelo de una niña de quince años, y con más mala leche que un bizco. Era el año 63 y supongo que no se encontraban en esa persecución de unos valores estéticos de excesiva juventud, como nos ocurre ahora en la TV y el cine. Aún así, hace poco más de un año, y en su vigésimo séptima temporada, el Doctor es más joven (y jovial), viste mucho más informal y sin embargo sigue eludiendo esos cánones a su manera. Como debe ser. Tener de comparsas a dos profesores de escuela tampoco parecía lo más trasgresor del mundo. Hay que hacer aquí hincapié de que la serie estaba planeada para el público infantil y, la verdad, qué mejor idea que seguir unos viajes por pasado y futuro, tanto en la Tierra como en otros planetas, acompañados de una profesora de historia y un profesor de ciencias. Así, se aprendería con ellos en la historias de ambientación real, y se estimularía la imaginación en las imaginarias. El problema (que en realidad no es ningún problema) es que en el segundo arco argumental, situado en el planeta Skaro, causarían furor los daleks, con su aspecto de salero con desatascador incorporado, y marcarían el definitivo rumbo fantacientífico de la serie. Se suele llamar An Unearthly Child al primer serial, el primer arco argumental de Doctor Who, aunque realmente sólo sea el nombre del primer episodio, una introducción obligada de los personajes que poco tiene que ver con el hilo de la aventura que empezaría de verdad en el segundo capítulo. Lo cierto es que dicho serial, que en realidad se titula 100,000 BC, es un rollazo en el paleolítico que para lo que más sirve es para que un chaval extranjero aprenda inglés (los hombres primitivos hablan sencilla y lentamente, claro). Por eso me suelo quedar en el episodio introductorio, que es el que me gusta y me resulta más divertido. Luego tiene ese aspecto de teatrillo de todos los viejos programas realizados prácticamente en directo y registrados con kinescopio, con una cámara dubitativa en ciertos momentos, pero que cuesta ahora de imaginar haciéndose de cualquier otra manera. 4. El bueno, el feo y el malo. Todos en uno. Barbara Wright (Jacqueline Hill) e Ian Chesterton (William Russell), profesores de la Coal Hill School, se hallan desconcertados porque una de sus alumnas, Susan Foreman (Carole Ann Ford), parece tener conocimientos de ciencias e historia que sobrepasan los de la Inglaterra de principios de los sesenta. Eso en el caso de no sonar completamente absurdos a oídos de cualquiera. Pronto llega uno de mis momentos favoritos, centrado en Susan escuchando un grupo ficticio de pop, John Smith and the Common Men, sola en clase, y moviéndose hechizada por la melodía. Me encanta porque, no sé si intencionadamente o no, los movimientos de la chica tienen algo mágico, como si verdaderamente se tratase de ese alguien de otro mundo que alude el título del episodio. Y la canción, claro, ayuda al espectador de hoy a ponerse en sintonía con la época. Dentro de la chatarrería, entre trastos viejos, se encuentra ni más ni menos que una cabina de policía (ese concepto de la comunicación tan maravillosamente británico), pero ni rastro de Susan. Pronto llega el abuelo de la chica, que se dirige directamente hacia la cabina y que, mientras se abre, dejará oírse dentro la voz de la chica. Este es el detalle que hace saltar a los preocupados profesores de su escondite. A partir de ese momento, tendrán oportunidad de comprobar que ya no es sólo que el abuelo de Susan, que se hace llamar el Doctor (William Hartnell), se muestre comprensiblemente irritado ante la aparición de los extraños, sino que se trata de un hombre receloso en general, de lengua mordaz y actitud condescendiente con quienes considera sus inferiores. Discuten sobre el paradero de Susan, forcejean y terminan entrando en la cabina de teléfono donde, asombrados, se topan con todo un complejo de tecnología futurista. Y allí está Susan tan ricamente, sin ninguna preocupación. Entre ella y su abuelo les explican que se encuentran en el interior del TARDIS (Time And Relative Dimension In Time), una máquina del tiempo que les permite viajar por el tiempo y el espacio, cuyo interior desafía toda ley física (es más grande dentro que fuera) y que se camufla adoptando un exterior adecuado al entorno (quedándose pronto estropeado y convertido en una cabina de policía para siempre). Este hecho, aunque se decidió así por razones de presupuesto, ahora mismo es irreversible por su total indentificación con la serie. Imposible imaginar otra máquina del tiempo para el Doctor. Wright y Chesterton también averiguan la condición de vagabundos temporales y el origen extraterrestre de Susan y el Doctor, no sin imaginar que el irascible anciano no les dejaría salir del TARDIS sabiendo todo aquello y que terminarían convertidos en sus primeros acompañantes, todo un oficio dentro de la serie. No es sólo la atracción de su pintoresco argumento, ni sus diálogos camp ni la imaginería barata de la que se rodean, ni siquiera el hipnótico ulular de un tema musical que se convertiría pronto en clásico. Es todo eso y mucho más, la fuerza de An Unearthly Child reside en un todo mucho mayor que la suma de sus partes. Y hay que verlo, no leerlo ni escucharlo, para darse cuenta de ello. Es un comienzo de comienzos, lógico en una historia sobre viajes en el tiempo a la que además se le añade lo singular de la regeneración del protagonista. Y seguro que vuelvo a ver el episodio dentro de no mucho, de hecho ya soy fan de John Smith and the Common Men. Llevo estas últimas semanas enganchado al nuevo disco de Richie Kotzen. Pedido de importación japonesa, claro, ya que al final parece que el álbum no trascenderá fuera de tierras niponas. Comprensible en parte. Y digo en parte porque, dejando a un lado su temática, el disco no deja de sonar 100% Kotzen aun tratándose de versiones. Su particularidad reside en que son canciones de Kidou Senshi Gundam, probablemente la franquicia de anime más rentable de todos los tiempos y verdadero punto de partida del género de los real robots. O sea, paquete bomba: Kotzen y Gundam juntos y revueltos. Para mí, como fan de ambos, lo mejor de dos mundos en uno, o por lo menos dos de los muchos mundos a los que soy aficionado. La elección me gusta por motivos personales, pero no deja de ser una marcianada. Hasta donde sé, poner a Richie Kotzen al frente de lo que supone el primer disco no-japonés de Gundam no es más que una decisión de la BMG en busca del mayoritario público femenino que arrastra la saga en su país de origen. "A ver... ¿a quién ponemos para hacer otro disco de Gundam, esta vez en inglés? Tiene que ser alguien que cuente con muchas seguidoras, que el target de la serie es femenino..." "Con el Kotzen éste se les hace el chochillo agua, y además vende...". "Pues yastá". ¡Richie Kotzen teniendo cifras de venta importantes, y en una multinacional! ¡Arrastrando público femenino! ¡Apareciendo en programas de la tele! El mundo al revés, vamos. Japón, por lo visto, es como una especie de dimensión alternativa a nuestra realidad en la que ocurre justo lo contrario que en el resto del planeta. De guitar hero de lo absurdo a componer un gran hit en Japón con Mr. Big que pronto se utilizaría en Hellsing, la carrera musical de Kotzen pasó entre medias por todo tipo de estadios: un breve episodio de fama con el glam/party/hair metal de unos Poison que él volvió un poco más serios, el funk, lo retro a su manera, algo de jazz, de soul, la fusión estilizada, una imagen de pop macarril o, simplemente, actitudes que daban mucha vergüenza. A finales de los noventa pareció instalarse a ratos en cierto sonido, y por mí que pase más tiempo ahí (o en Vertú). Y que yo lo disfrute. 2. Moeagare Gandamu! Inesperado para propios y extraños, Ai Senshi ZxR, el álbum en cuestión de Richie Kotzen, puede ser apreciado desconociendo el material de origen. Funciona como cualquier otro trabajo del guitarrista; incluso la participación de Billy Sheehan, su ex-compañero de Mr. Big, acrecienta la sensación de estar ante un disco habitual. No creo que a quien no se lo digan note que son canciones de dibujos animados. De hecho, las El resto apela directamente a la nostalgia del público japonés hacia las series más queridas del Universal Century: Z Gundam y el primer Gundam. De éste destaca Soldiers Of Sorrow, el tema título del álbum, convertido en una canción digna de campamento, más aún que la original de Daisuke Inoue o, como mínimo, de cantarse en el autobús de las excursiones. Sólo faltan palmas en el estribillo. Con todo, memorable. Lo curioso es que en este tema iba a participar Cyndi Lauper, supongo que para terminar de rematar la sensación de paquete bomba, pero como ella misma explica dentro del disco, la Lauper prefiere hacer sus propios covers de Gundam en el futuro. Ver para creer, qué mundo tan loco. |