Ylum |
![]() ~ Cuatricromía delirante a ritmo de rock'n'roll ~
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La semana pasada lo volví a ver. Otra vez, sí, el primer episodio de Doctor Who. Porque me apetecía verlo y porque quería hablar sobre la serie. Hay algo que me hace volver a ese capítulo una y otra vez, probablemente la sensación de estar asistiendo al principio de algo muy grande, no sé. Ese origen se reinventaría unas cuantas veces, dadas las circunstancias especiales de su estructura, pero la sensación permanece y me sigue maravillando cada vez. 1. Atrás en el tiempo. Conocí Doctor Who supongo que como casi todos: mediante su emisión en las televisiones autonómicas, con Tom Baker en el papel de Doctor, no me acuerdo ya ni hace cuantos años. Poco imaginaba yo que aquello fuese la temporada decimotercera (y las dos siguientes también, por lo menos) de la que sigue siendo la serie de ciencia ficción más longeva de la televisión. Y probablemente la mejor, que San Roddenberry me perdone. El caso es que a mí me tenía totalmente cautivado su estética (cifi setentera), su estructura (la que mucho después descubriría que tenían los viejos seriales británicos) y sobre todo los variopintos personajes (el antiheroico y extravagante Doctor, los daleks y Davros, Noah y el Arca con bichos, los cybermen, Morbius y su cerebro...) de unas historias que cambiaban constantemente de ambientación. Que me gustaba mucho, vamos. En una de las reposiciones anunciaron el horario de la serie con unas imágenes que no había visto. Nuevos actores, nuevos decorados, una estética ligeramente más moderna. ¡Eso es que iban a echar nuevos episodios! Pues no. Empezaron con el del robot locuelo y siguieron como siempre. Me quedé con la intriga de saber de dónde habían sacado aquéllas imágenes. No fue hasta años más tarde, cuando estuve estudiando en Inglaterra, que tuve acceso a toda la mitología de Doctor Who. Inabarcable. Colecciones de vídeo, novelitas, cómics, revistas, audiolibros, guías... El Doctor era todo un fenómeno en su país de origen, perfectamente comparable al de Star Trek en EEUU, y del que llegué a ver referencias publicitarias, troquelados de daleks a tamaño real en tiendas de todo tipo anunciando cualquier cosa y flyers que avisaban de convenciones de fans acérrimos (ese tipo de movimientos que ahora aquí se llaman frikis, pero sin ser imbéciles, espero). Con toda la información al alcance, la cosa ya estaba clara. El Doctor se regeneraba. Ese era el término que permitía renovar reparto, situaciones e incluso la personalidad del protagonista. Regeneración. Qué gran invento. Sin embargo, la idea de la regeneración surgió posteriormente y sobre la marcha, como excusa para el cambio de protagonista. No está mal, una serie que se desarrolla adelante y atrás en el tiempo, necesita de ciertos ajustes sobre la marcha. Retrocontinuidad constante, muy adecuado. Pero el comienzo de todo el universo de Doctor Who me sigue llamando mucho, como ya he dicho. Y por eso me puse otra vez con el primer episodio, que tiene partes que por mucho que se vean una y otra vez uno no se las acaba de creer. 3. Orígenes secretos. Lo primero que me llama la atención no es la inocencia que desprende la historia, ni lo pillado por los pelos que está todo para que los protagonistas queden atrapados en un viaje perpetuo por tiempo y espacio. No, lo primero que me llama la atención es que, opuestamente a los cánones televisivos actuales, el titular de la serie es un hombre mayor, supuestamente abuelo de una niña de quince años, y con más mala leche que un bizco. Era el año 63 y supongo que no se encontraban en esa persecución de unos valores estéticos de excesiva juventud, como nos ocurre ahora en la TV y el cine. Aún así, hace poco más de un año, y en su vigésimo séptima temporada, el Doctor es más joven (y jovial), viste mucho más informal y sin embargo sigue eludiendo esos cánones a su manera. Como debe ser. Tener de comparsas a dos profesores de escuela tampoco parecía lo más trasgresor del mundo. Hay que hacer aquí hincapié de que la serie estaba planeada para el público infantil y, la verdad, qué mejor idea que seguir unos viajes por pasado y futuro, tanto en la Tierra como en otros planetas, acompañados de una profesora de historia y un profesor de ciencias. Así, se aprendería con ellos en la historias de ambientación real, y se estimularía la imaginación en las imaginarias. El problema (que en realidad no es ningún problema) es que en el segundo arco argumental, situado en el planeta Skaro, causarían furor los daleks, con su aspecto de salero con desatascador incorporado, y marcarían el definitivo rumbo fantacientífico de la serie. Se suele llamar An Unearthly Child al primer serial, el primer arco argumental de Doctor Who, aunque realmente sólo sea el nombre del primer episodio, una introducción obligada de los personajes que poco tiene que ver con el hilo de la aventura que empezaría de verdad en el segundo capítulo. Lo cierto es que dicho serial, que en realidad se titula 100,000 BC, es un rollazo en el paleolítico que para lo que más sirve es para que un chaval extranjero aprenda inglés (los hombres primitivos hablan sencilla y lentamente, claro). Por eso me suelo quedar en el episodio introductorio, que es el que me gusta y me resulta más divertido. Luego tiene ese aspecto de teatrillo de todos los viejos programas realizados prácticamente en directo y registrados con kinescopio, con una cámara dubitativa en ciertos momentos, pero que cuesta ahora de imaginar haciéndose de cualquier otra manera. 4. El bueno, el feo y el malo. Todos en uno. Barbara Wright (Jacqueline Hill) e Ian Chesterton (William Russell), profesores de la Coal Hill School, se hallan desconcertados porque una de sus alumnas, Susan Foreman (Carole Ann Ford), parece tener conocimientos de ciencias e historia que sobrepasan los de la Inglaterra de principios de los sesenta. Eso en el caso de no sonar completamente absurdos a oídos de cualquiera. Pronto llega uno de mis momentos favoritos, centrado en Susan escuchando un grupo ficticio de pop, John Smith and the Common Men, sola en clase, y moviéndose hechizada por la melodía. Me encanta porque, no sé si intencionadamente o no, los movimientos de la chica tienen algo mágico, como si verdaderamente se tratase de ese alguien de otro mundo que alude el título del episodio. Y la canción, claro, ayuda al espectador de hoy a ponerse en sintonía con la época. Dentro de la chatarrería, entre trastos viejos, se encuentra ni más ni menos que una cabina de policía (ese concepto de la comunicación tan maravillosamente británico), pero ni rastro de Susan. Pronto llega el abuelo de la chica, que se dirige directamente hacia la cabina y que, mientras se abre, dejará oírse dentro la voz de la chica. Este es el detalle que hace saltar a los preocupados profesores de su escondite. A partir de ese momento, tendrán oportunidad de comprobar que ya no es sólo que el abuelo de Susan, que se hace llamar el Doctor (William Hartnell), se muestre comprensiblemente irritado ante la aparición de los extraños, sino que se trata de un hombre receloso en general, de lengua mordaz y actitud condescendiente con quienes considera sus inferiores. Discuten sobre el paradero de Susan, forcejean y terminan entrando en la cabina de teléfono donde, asombrados, se topan con todo un complejo de tecnología futurista. Y allí está Susan tan ricamente, sin ninguna preocupación. Entre ella y su abuelo les explican que se encuentran en el interior del TARDIS (Time And Relative Dimension In Time), una máquina del tiempo que les permite viajar por el tiempo y el espacio, cuyo interior desafía toda ley física (es más grande dentro que fuera) y que se camufla adoptando un exterior adecuado al entorno (quedándose pronto estropeado y convertido en una cabina de policía para siempre). Este hecho, aunque se decidió así por razones de presupuesto, ahora mismo es irreversible por su total indentificación con la serie. Imposible imaginar otra máquina del tiempo para el Doctor. Wright y Chesterton también averiguan la condición de vagabundos temporales y el origen extraterrestre de Susan y el Doctor, no sin imaginar que el irascible anciano no les dejaría salir del TARDIS sabiendo todo aquello y que terminarían convertidos en sus primeros acompañantes, todo un oficio dentro de la serie. No es sólo la atracción de su pintoresco argumento, ni sus diálogos camp ni la imaginería barata de la que se rodean, ni siquiera el hipnótico ulular de un tema musical que se convertiría pronto en clásico. Es todo eso y mucho más, la fuerza de An Unearthly Child reside en un todo mucho mayor que la suma de sus partes. Y hay que verlo, no leerlo ni escucharlo, para darse cuenta de ello. Es un comienzo de comienzos, lógico en una historia sobre viajes en el tiempo a la que además se le añade lo singular de la regeneración del protagonista. Y seguro que vuelvo a ver el episodio dentro de no mucho, de hecho ya soy fan de John Smith and the Common Men.
Fecha: 14/06/2006 10:14.
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