Ylum |
![]() ~ Cuatricromía delirante a ritmo de rock'n'roll ~
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No nos engañemos, Van Helsing's Curse, el proyecto de Snider, no es precisamente revolucionario. Sin ir más lejos, eso de mezclar instrumentos de rock y de orquesta clásica para interpretar conocidas tonadillas al hilo de una historia de corte fantástico es lo que hacen Trans-Siberian Orchestra todas las Navidades en Estados Unidos. De hecho, lejos de la casualidad, Trans-Siberian Orchestra es el espejo en el que se mira Van Helsing's Curse, merced a contar incluso con varios de sus músicos más representativos, reconvertir toda la imaginería navideña por otra más propia de Halloween y, en definitiva, acercarse a un tipo de público que poco tiene que ver con las bandas originales de sus artífices. Si bien Trans-Siberian Orchestra se ha convertido en su país en todo un referente en cuanto a musicales navideños se refiere, ignorando buena parte su público familiar que no es sino el proyecto de éxito de un grupo tan underground como Savatage, Van Helsing's Curse opera en círculos más pequeños, ya sea por su estrambótica puesta en escena o por el mero hecho de contar con la reconocida gallina caponata de Twisted Sister al frente. Ahora, prácticamente regalado para su club de fans y no disponible de ninguna otra manera, llega a mis manos la demostración en forma de DVD de lo que supone una actuación en directo de Van Helsing's Curse en las breves giras que sólo realiza la banda en fechas de Halloween. Musicalmente, la representación sigue la pauta del que fuera su CD hace unos años, Oculus Infernum, si bien con algunos nuevos interludios. Es curioso como quien más sobra sigue siendo el propio Snider, que ejerce de narrador para una historieta anecdótica y algo ridícula relacionada con la familia Van Helsing (en este aspecto se encuentran a años luz de Trans-Siberian Orchestra), innecesaria para un proyecto instrumental como éste. Sigue siendo divertido jugar a reconocer las piezas clásicas que se esconden detrás de cada uno de los títulos de los temas, aunque habría sido mejor si ellos mismos lo hubiesen indicado ya que, al fin y al cabo, estamos hablando de un proyecto de "versiones" aunque nunca se indique como tal. No hay que ser, desde luego, un experto en música clásica para reconocer la sonata Claro De Luna de Beethoven, Una Noche En El Monte Pelado de Mussorgsky, la Marcha Fúnebre de Chopin, El Pájaro De Fuego y La Consagración De La Primavera de Stravinsky, Marte, El Portador De La Guerra de la suite de Los Planetas de Holst o la sobadísima O Fortuna del Carmina Burana de Orff. Al menos son ésas las que yo pillo. Igual de curiosas y reconocibles son las dos piezas más cinematográficas, Ave Satani de La Profecía y la relacionada con El Exorcista, Tubular Bells (aquí apropiadamente retitulada Tubular Hell), o una interpretación coral de Black Sabbath muy superior a la mayoría de versiones que suelen realizarse del tema de Iommi y compañía. Pero lo más sorprendente, desde mi perspectiva, es que alguien como yo no sólo lo soporte, sino que sea capaz de disfrutarlo. No hay que dejarse engañar por las pintas de rockerillos góticos de los de ahora (eh, ser "gótico", antes era otra cosa... ¿cuándo cambió la definición?), y es fácil ver que todo su espectáculo gira en torno al desenfado y a no tomarse demasiado en serio. Al fin y al cabo, Van Helsing's Curse, lejos de la oscuridad aguada de ciertos grupos (para terrorífico, Snider ya legó a la Historia los primerísimos planos del grupo en el vídeo de Hot Love), no es más que la constatación festiva y desvergonzada que merece una celebración como Halloween. Para comprobarlo no hay más que ver a Denny Colt dando saltitos con una sonrisa de oreja a oreja o los continuos ataques epilépticos del pianista Doug Katsaros, entregado a su papel en todo momento. Mark Wood, violinista principal y verdadero protagonista de la función, ya no me sorprende tanto de esta guisa, puesto que ya me dejó anonadado con su primer disco en solitario, un Voodoo Violince que merecería un artículo para él solo y que, desde que lo descubrí hace años, no me dejó lugar a dudas de que me encontraba ante una de las obras cumbres del garrulismo instrumental. Es una pena que Al Pitrelli, guitarrista original del proyecto y antiguo compañero de Snider en Widowmaker, al que presupongo más interesado en tocar con su mujer en una banda tan ecléctica como O'2L, no haya llegado a participar nunca en vivo con Van Helsing's Curse, puesto que en las partes que interpreta Karl Cochran se nota en todo momento la mano de Pitrelli. Y, lo mejor, el tema de La Familia Monster como fin de fiesta, despedida y cierre. Es lo que tocaba. ¿Existe ese universo feérico que parece ver sólo la niña Ofelia? Al igual que en El Espinazo, hay una única escena que no parece poder explicarse de ninguna otra manera que no sea recurriendo al elemento mágico. Y todo ese mundo onírico no parece otra cosa que la transposición de la cruda posguerra española, no una simple vía de escape fantasiosa para Ofelia, que recrea a su manera y sin la falta de imaginación de los adultos sus propios temores atávicos. Gran parte de la carga de lo fantástico recae sobre Doug Jones, que vuelve a ofrecer una gran actuación de expresión corporal tanto en su papel de Fauno como, sobre todo, en el del terrorífico Hombre Pálido, mientras que en el plano real Sergi López se convierte en el verdadero horror para el espectador. Quiero entender que el esquema ideológico, pese a retratar una realidad muy concreta, se encuentra representado de forma tan simplista (personajes netamente buenos o malos dependiendo del bando al que pertenezcan) para acentuar el contraste constante que sirve de motor a toda la historia. Por encima de todo creo ver de nuevo el tema de la libre elección individual, en cuanto a que la escena final del doctor que interpreta Álex Angulo se antoja crucial en ese desarrollo icónico de los distintos personajes. Mismo eje central que Del Toro colocó en Hellboy, pero mucho más estremecedor porque no dudo que monstruos como el capitán Vidal existan realmente. Es por eso por lo que pasé tan mal rato, de principio a fin, con el cuento para mayores (en las propias palabras de su director/guionista, "esto no es Harry Potter ni cojones") que supone El Laberinto Del Fauno. Y que vengan más malos ratos como éste. Así que YouTube me borra uno de mis montajes de intros de Gundam con su canción de Richie Kotzen correspondiente y me pone sobre aviso de que estaba violando la Digital Millennium Copyright Act, ese rollo patatero en forma de ley que se montaron algunos interesados mandamases norteamericanos para criminalizar todo lo posible los medios de distribución P2P y similares. Me lo tengo merecido, claro, por estar defendiendo siempre los derechos de autor, que luego encima parece que uno se pase el día comiendo con Teddy Bautista. Así que no pasa nada, señores de YouTube, seguiremos siendo amiguitos, pero me llevo el resto de intros de Gundam/Kotzen para colgarlas a otro servidor similar, que no quiero un vídeo colgado allí y otro allá, no sea que vaya a desatárseme algún tipo de trastorno obsesivo-compulsivo al ver desigualdades en el post para que el que precisamente las creé. Si algo echaré de menos, debo reconocerlo, es que no pasaba un sólo día, ni uno sólo, sin recibir algún mensaje privado preguntándome por Gundam y/o la música de Kotzen, lo que me ha permitido tener conversaciones extravagantes que nunca habría imaginado con todo tipo de gente. Y, en esta situación, la Warner se saca de la manga la versión televisiva de Legion Of Super Heroes, marcada por los precedentes del éxito de recientes adaptaciones de material DC como Teen Titans, The Batman o la más desapercibida Krypto The Superdog que se apartan del "timmverso" continuista que interrelacionaba ya siete (u ocho, o nueve, según como se mire) series. LOSH cuenta con la virtud de fundamentar su carácter sobre lo mejor de las anteriores franquicias: un diseño sintético que, sin embargo, evita las escenas super deformed y otras influencias anime de Teen Titans tanto como el enfoque de cartoon más tradicional que tuvo Krypto, al tiempo que se hace cargo de la fluidez que domina la animación de The Batman. En realidad, nada que sorprenda demasiado teniendo a James Tucker y Linda Steiner, dos habituales de varios de los anteriores títulos, al frente de la producción. La serie, seguramente, incurrirá en la ira de los habituales del cómic por sus licencias artísticas y la simplificación de las historias, como ocurrió hace casi quince años con Batman The Animated Series, máxime cuando no han tardado en oírse quejas y comentarios de "no se parecen" y "qué feos" nada más hacerse públicos los diseños preliminares. Lo cierto es que, sin pretenderlo, me he olvidado de a quién va dirigido esto y he disfrutado del primer episodio de LOSH, emitido este mismo fin de semana dentro de la presentación del contenedor Kids' WB! del nuevo canal norteamericano The CW. Y el resto del fandom clásico también debería disfrutarla, aunque sólo sea cuando empiece a reconocer las referencias pre-Crisis, como el Museo de Superman o las tradicionales ropas de calle de Clark Kent, cuando descubra al fondo a Booster Gold con Skeets y a algunos de los alienígenas clásicos de Nueva Metrópolis que tan bien ha recreado Derrick Wyatt o, lo mejor para mí, cuando de comienzo el desfile de las insignias de los distintos Legionarios de los cómics durante la intro aunque, probablemente, como guiño que es, muchos de ellos no estén planeados para aparecer en la serie por ahora. De todas formas, se menciona a Violeta, a Coloso y a Cósmico durante el episodio y se ve a varios otros en el metraje creado especialmente para la intro, así que nunca se sabe... Por lo demás, este primer episodio muestra a un joven Clark Kent inseguro de sus poderes que supongo nunca es llamado Superboy por los actuales problemas legales con el personaje (la serie iba a llamarse en un principio Superboy And The Legion Of Super-Heroes) y que se reafirma como Superman al final del mismo, tras ayudar a derrotar a los Cinco Fatales (Validus está impresionante en forma animada) y empezar a sentirse a gusto en el siglo XXXI. Por mucho más que lo aquí explicado, LOSH no sólo parece triunfar desde el principio donde Teen Titans y The Batman me dejaron frío sino que, aunque Kids' WB! estime el límite de edad de su público en once años, la serie tiene potencial para atraer a niños un poco más mayores que los habituales de las otras dos. Como yo, vamos. Si acudí el día del estreno fue más que nada por conocer como lector las novelitas del personaje creado por Arturo Pérez-Reverte, que de entre su bibliografía probablemente sean en las que su prosa homenajeadora se encuentre más a gusto. Si el propio Pérez-Reverte rinde tributo con esta obra de lectura rápida, ágil y amena a las novelas de aventuras y espadachines que devoraba de joven, la adaptación cinematográfica perpetrada por Agustín Díaz Yanes se encuentra a años luz de alcanzar a cualquier otra película del género, resultando totalmente opuesta al espíritu original: larga, dificultosa, inconexa, aburrida, insufrible. No es sólo que Alatriste sea incomprensible si no se han leído las novelas (y luego decían del Dune de Lynch...), baste señalar chapuzas de montaje y edición como la escena de la caza del ciervo, donde cada plano del animal (que, por supuesto, nunca se ve junto a los actores) tiene hasta otro tono de fotografía, como si de un documental de Rodríguez de la Fuente lo hubiesen tomado prestado. Atención también a ese momento que hemos visto tanto en los trailers, y que tan bien quedaba allí, donde Alatriste arroja su sombrero hacia la cámara, pero que dentro del contexto de la escena, junto al otro del movimiento de capa que tapa el objetivo por momentos, se convierten en detalles que Díaz Yanes parece haber metido con calzador, en plan "joder, cómo molo". Y hay más cosas de este tipo... En cambio, lo que no hay en absoluto es estructura formal, ritmo narrativo ni elipsis con un mínimo de corrección a lo largo de las dos horas y media que dura la película, sólo una agrupación de momentos de las novelas, uno detrás de otro, sin profundizar para nada en personajes o situaciones y, de paso, mareando al espectador. Me parece un error no haber doblado la voz de Viggo Mortensen, que sólo da el pego para el capitán Alatriste en lo físico, porque en cuanto abre la boca... hay veces que lo suyo parece la cantinela de un borrachín y otras en las que es simplemente un extranjero perdido en Madrid. Los pobres hobbits sí que habrían temido por su misión si Trancos les hubiese hablado así por primera vez. Lo bueno es que de esta manera no sobresale demasiado su interpretación entre autómatas profesionales de la talla de Eduardo Noriega o Unax Ugalde (cuyo personaje, por cierto, no tiene razón de ser si no va a ser el narrador de la historia ni los ojos del espectador) o los declamadores habituales del cine español, a destacar esa Ariadna Gil a la que sólo le falta el guión en la mano o un Juan Echanove disfrazado de Quevedo. Y la decisión de tener a Blanca Portillo en el papel del terrorífico (aquí risible desde el primer momento) fray Emilio Bocanegra es de las que pasarán a la historia del cine, por absurda y descabellada. Siempre me esfuerzo en buscar el lado positivo, o al menos de equilibrar el conjunto, y así lo he hecho otras veces aquí, pero lo de Alatriste no hay Comentaba Juan Miguel en la anterior entrada sobre Doctor Who la existencia de una canción de The KLF que hacía referencia a la serie. Lo cierto es que no sé mucho sobre The KLF o su encarnación previa The Justified Ancients of Mu Mu, el acid house no es mi tipo de música, y el mayor conocimiento que tengo sobre el grupo es precisamente en lo relacionado con Doctor Who. Lo curioso de Doctorin' The Tardis, el tema en cuestión, es que llegó a número 1 en Inglaterra en 1988, además de alcanzar altas posiciones en las listas de venta de otros varios países. Para su lanzamiento, el dúo hasta entonces conocido como The Justified Ancients of Mu Mu adoptaron el nombre de The Timelords, en referencia a la raza alienígena a la que pertenece el Doctor, y crearon su primera mascota, Ford Timelord, un viejo Ford Galaxie que desde la portada del single dejaba las cosas claras: "Hi! I'm Ford Timelord. I'm a car and I've made a record". Mientras era machacado por la crítica musical del momento, Doctorin' The Tardis alcanzaba el máximo puesto en singles con sus samples de la música de Doctor Who mezclados con riffs de Gary Glitter y de Sweet. Casi nada. Antes, conviene repasar el tema musical de Doctor Who, ya puestos, en la versión original de Delia Derbyshire. Huelga decir porqué Doctorin' The Tardis, con unos daleks de fabricación casera que, esta vez más justificadamente que nunca, juran y perjuran la exterminación mientras el Ford Timelord juega con ellos a los autos de choque, debería ser recordado por siempre jamás. El caso es que esta... llamémosla sana costumbre a partir de ahora... me lleva, entre otras cosas, a intentar recordar cualquier dirección de Internet que considere pueda ser de interés en el futuro. A veces son largas o raras, pero son años de práctica en la materia y siempre busco un hueco dentro de la cabeza para estas cosas. Siendo pequeño, me marcó leer en Estudio En Escarlata una serie de ejemplos que Sherlock Holmes exponía acerca de la memoria, equiparándola a un cuartito vacío en el que no cabe todo y cuyo contenido debemos seleccionar. Él era (y seguirá siendo) un personaje excéntrico con quien no tengo nada que ver, pero aquello que explicaba era una gran verdad. Mi otra diferencia con Holmes es que muchas de las cosas que guardo en la cabeza (como los URLs) no tienen ningún propósito funcional. Ninguno. Es una manía. En mi mundo perfecto no existen bookmarks. Como ya llevo un tiempo con Ylum me he decidido a ordenar esta especie de casa que es el blog y he añadido un blogroll con los sitios personales que visito habitualmente. Hay más, pero estos son los que ojeo casi a diario. En unos participo más, en otros menos (má Sigo dándole vueltas al Ai Senshi ZxR, o sea, Richie Kotzen y sus canciones de Gundam. Ya hablé de eso. Pero pienso que estas cosas sin ejemplos ilustrativos se quedan algo cojas, que para eso el movimiento se demuestra andando. O haciendo montajes caseros. Y a eso voy, a establecer comparativas entre algunos de los temas originales de Gundam y las versiones de Kotzen. Por supuesto, con sus imágenes correspondientes, que lo verdaderamente importante aquí es ver a los mecha repartiendo, a quién pretendo engañar... Sirva esto pues como anexo al otro artículo. Ya señalé que uno de los mejores momentos llega en el tema que da título al disco, Ai Senshi, de la segunda película recopilatoria del Gundam original, pese a su rollo "excursionista". Compuesto por Yoshiyuki Tomino, el propio creador y director de Gundam, bajo su pseudónimo Rin Iogi, como hacía habitualmente en estos menesteres musicales, pienso que el tema va más allá de las típicas canciones de anime de la época. Y lo mismo digo de la interpretación de Daisuke Inoue. Casi un cuarto de siglo después, la versión de Richie Kotzen no necesita actualización, si bien la letra ha sufrido la pertinente adaptación. Aún así, Soldiers Of Sorrow ha sido de las menos retocadas en general. Lo mismo se puede decir de Meguriai, de la tercera película, otro de los temas que no tienen por qué sonar exclusiva y necesariamente a canción de dibujos animados. Aunque fiel de nuevo a la composición original, Encounter se adapta a las pautas instrumentales de Kotzen. Sustituir el segmento instrumental intermedio por un solo de guitarra se podría ver como una simplificación, pero no creo que sea más que la elección lógica para el tipo de músico encargado de la versión. El caso opuesto sería, en cambio, Kaze Ni Hitori De, también de la segunda película, que sólo parece ser tomada como referencia de base a partir de la que estructurar otra canción. Kotzen lo transforma a su gusto, haciendo recaer el peso del tema en la guitarra acústica, eliminando percusión y armónica y, en definitiva, modificando los arreglos en general. Especialmente notable es la diferencia sustancial en la línea melódica principal. Alone Against The Wind es un tema prácticamente nuevo o, por lo menos, renovado. Por mí perfecto, que de eso se trata. Uno de los temas que más me costaba de imaginar cómo podía quedar era Z, Toki Wo Koete, del primer opening de Z Gundam. El tema es bastante popular dentro del mundillo del anime, y me parecía difícil sacarlo de lo que a priori supone un cierto encasillamiento. Sin embargo, Go Beyond The Time sale perfectamente airoso de la prueba. Cuenta, eso sí, con más partes de guitarra solista pero, de nuevo, era de esperar. Kotzen se hace con el tema sin apartarse en ningún momento de sus formas clásicas. Quien quiera algo más moderno siempre puede recurrir a la versión de Saeko Shimazu, la seiyuu de Four Murasame en la serie. Mizu No Hoshi E Ai Wo Komete, del segundo opening de Z Gundam, es otro de esos clásicos de la época dorada del anime. Como tal, cuenta con su obligada y psicotrópica versión Para-Para MAX, e incluso una reciente de Mikuni Shimokawa realizada con gracia "minimalista". Por decir algo no demasiado feo, claro El cover de Kotzen es uno de los temas del disco que podría pasar por propio. No en vano es el elegido para abrir el álbum, y quién no sepa de qué va la cosa no tiene por qué notar nada extraño. No es tan curioso que lo que sería la traducción literal del título (Desde Una Estrella Acuosa Con Amor), dentro de la más pura tradición japonesa de nombres rebuscados, se haya reducido a Blue Star, y va que chuta. Estoy contigo, Richie. Puestos a escoger un tema de Gundam 0083, yo habría preferido Men Of Destiny de MIQ cuando aún se hacía llamar MIO (esta gente es rebuscada, insisto), el opening de la segunda mitad de la serie antes que este The Winner de la primera. Lo digo porque Men Of Destiny es uno de mis temas favoritos de la discografía gundamera, posiblemente debido a que me recuerda, en una de esas extrañas conexiones mentales que a veces establezco, a canciones de Lion como Victims Of Circumstance o Hold On. En fin, cosas mías. ¡Versión de Kal Swan ya! De The Winner ya existía una versión completamente en inglés. Da igual, ahora ya hay otra más, la de Richie Kotzen, con nueva letra también, claro. De todas formas, a cualquier purista se le quitarán las gans de quejarse en el momento que descubra la versión coreana del opening. Llevo estas últimas semanas enganchado al nuevo disco de Richie Kotzen. Pedido de importación japonesa, claro, ya que al final parece que el álbum no trascenderá fuera de tierras niponas. Comprensible en parte. Y digo en parte porque, dejando a un lado su temática, el disco no deja de sonar 100% Kotzen aun tratándose de versiones. Su particularidad reside en que son canciones de Kidou Senshi Gundam, probablemente la franquicia de anime más rentable de todos los tiempos y verdadero punto de partida del género de los real robots. O sea, paquete bomba: Kotzen y Gundam juntos y revueltos. Para mí, como fan de ambos, lo mejor de dos mundos en uno, o por lo menos dos de los muchos mundos a los que soy aficionado. La elección me gusta por motivos personales, pero no deja de ser una marcianada. Hasta donde sé, poner a Richie Kotzen al frente de lo que supone el primer disco no-japonés de Gundam no es más que una decisión de la BMG en busca del mayoritario público femenino que arrastra la saga en su país de origen. "A ver... ¿a quién ponemos para hacer otro disco de Gundam, esta vez en inglés? Tiene que ser alguien que cuente con muchas seguidoras, que el target de la serie es femenino..." "Con el Kotzen éste se les hace el chochillo agua, y además vende...". "Pues yastá". ¡Richie Kotzen teniendo cifras de venta importantes, y en una multinacional! ¡Arrastrando público femenino! ¡Apareciendo en programas de la tele! El mundo al revés, vamos. Japón, por lo visto, es como una especie de dimensión alternativa a nuestra realidad en la que ocurre justo lo contrario que en el resto del planeta. De guitar hero de lo absurdo a componer un gran hit en Japón con Mr. Big que pronto se utilizaría en Hellsing, la carrera musical de Kotzen pasó entre medias por todo tipo de estadios: un breve episodio de fama con el glam/party/hair metal de unos Poison que él volvió un poco más serios, el funk, lo retro a su manera, algo de jazz, de soul, la fusión estilizada, una imagen de pop macarril o, simplemente, actitudes que daban mucha vergüenza. A finales de los noventa pareció instalarse a ratos en cierto sonido, y por mí que pase más tiempo ahí (o en Vertú). Y que yo lo disfrute. 2. Moeagare Gandamu! Inesperado para propios y extraños, Ai Senshi ZxR, el álbum en cuestión de Richie Kotzen, puede ser apreciado desconociendo el material de origen. Funciona como cualquier otro trabajo del guitarrista; incluso la participación de Billy Sheehan, su ex-compañero de Mr. Big, acrecienta la sensación de estar ante un disco habitual. No creo que a quien no se lo digan note que son canciones de dibujos animados. De hecho, las El resto apela directamente a la nostalgia del público japonés hacia las series más queridas del Universal Century: Z Gundam y el primer Gundam. De éste destaca Soldiers Of Sorrow, el tema título del álbum, convertido en una canción digna de campamento, más aún que la original de Daisuke Inoue o, como mínimo, de cantarse en el autobús de las excursiones. Sólo faltan palmas en el estribillo. Con todo, memorable. Lo curioso es que en este tema iba a participar Cyndi Lauper, supongo que para terminar de rematar la sensación de paquete bomba, pero como ella misma explica dentro del disco, la Lauper prefiere hacer sus propios covers de Gundam en el futuro. Ver para creer, qué mundo tan loco. La semana pasada lo volví a ver. Otra vez, sí, el primer episodio de Doctor Who. Porque me apetecía verlo y porque quería hablar sobre la serie. Hay algo que me hace volver a ese capítulo una y otra vez, probablemente la sensación de estar asistiendo al principio de algo muy grande, no sé. Ese origen se reinventaría unas cuantas veces, dadas las circunstancias especiales de su estructura, pero la sensación permanece y me sigue maravillando cada vez. 1. Atrás en el tiempo. Conocí Doctor Who supongo que como casi todos: mediante su emisión en las televisiones autonómicas, con Tom Baker en el papel de Doctor, no me acuerdo ya ni hace cuantos años. Poco imaginaba yo que aquello fuese la temporada decimotercera (y las dos siguientes también, por lo menos) de la que sigue siendo la serie de ciencia ficción más longeva de la televisión. Y probablemente la mejor, que San Roddenberry me perdone. El caso es que a mí me tenía totalmente cautivado su estética (cifi setentera), su estructura (la que mucho después descubriría que tenían los viejos seriales británicos) y sobre todo los variopintos personajes (el antiheroico y extravagante Doctor, los daleks y Davros, Noah y el Arca con bichos, los cybermen, Morbius y su cerebro...) de unas historias que cambiaban constantemente de ambientación. Que me gustaba mucho, vamos. En una de las reposiciones anunciaron el horario de la serie con unas imágenes que no había visto. Nuevos actores, nuevos decorados, una estética ligeramente más moderna. ¡Eso es que iban a echar nuevos episodios! Pues no. Empezaron con el del robot locuelo y siguieron como siempre. Me quedé con la intriga de saber de dónde habían sacado aquéllas imágenes. No fue hasta años más tarde, cuando estuve estudiando en Inglaterra, que tuve acceso a toda la mitología de Doctor Who. Inabarcable. Colecciones de vídeo, novelitas, cómics, revistas, audiolibros, guías... El Doctor era todo un fenómeno en su país de origen, perfectamente comparable al de Star Trek en EEUU, y del que llegué a ver referencias publicitarias, troquelados de daleks a tamaño real en tiendas de todo tipo anunciando cualquier cosa y flyers que avisaban de convenciones de fans acérrimos (ese tipo de movimientos que ahora aquí se llaman frikis, pero sin ser imbéciles, espero). Con toda la información al alcance, la cosa ya estaba clara. El Doctor se regeneraba. Ese era el término que permitía renovar reparto, situaciones e incluso la personalidad del protagonista. Regeneración. Qué gran invento. Sin embargo, la idea de la regeneración surgió posteriormente y sobre la marcha, como excusa para el cambio de protagonista. No está mal, una serie que se desarrolla adelante y atrás en el tiempo, necesita de ciertos ajustes sobre la marcha. Retrocontinuidad constante, muy adecuado. Pero el comienzo de todo el universo de Doctor Who me sigue llamando mucho, como ya he dicho. Y por eso me puse otra vez con el primer episodio, que tiene partes que por mucho que se vean una y otra vez uno no se las acaba de creer. 3. Orígenes secretos. Lo primero que me llama la atención no es la inocencia que desprende la historia, ni lo pillado por los pelos que está todo para que los protagonistas queden atrapados en un viaje perpetuo por tiempo y espacio. No, lo primero que me llama la atención es que, opuestamente a los cánones televisivos actuales, el titular de la serie es un hombre mayor, supuestamente abuelo de una niña de quince años, y con más mala leche que un bizco. Era el año 63 y supongo que no se encontraban en esa persecución de unos valores estéticos de excesiva juventud, como nos ocurre ahora en la TV y el cine. Aún así, hace poco más de un año, y en su vigésimo séptima temporada, el Doctor es más joven (y jovial), viste mucho más informal y sin embargo sigue eludiendo esos cánones a su manera. Como debe ser. Tener de comparsas a dos profesores de escuela tampoco parecía lo más trasgresor del mundo. Hay que hacer aquí hincapié de que la serie estaba planeada para el público infantil y, la verdad, qué mejor idea que seguir unos viajes por pasado y futuro, tanto en la Tierra como en otros planetas, acompañados de una profesora de historia y un profesor de ciencias. Así, se aprendería con ellos en la historias de ambientación real, y se estimularía la imaginación en las imaginarias. El problema (que en realidad no es ningún problema) es que en el segundo arco argumental, situado en el planeta Skaro, causarían furor los daleks, con su aspecto de salero con desatascador incorporado, y marcarían el definitivo rumbo fantacientífico de la serie. Se suele llamar An Unearthly Child al primer serial, el primer arco argumental de Doctor Who, aunque realmente sólo sea el nombre del primer episodio, una introducción obligada de los personajes que poco tiene que ver con el hilo de la aventura que empezaría de verdad en el segundo capítulo. Lo cierto es que dicho serial, que en realidad se titula 100,000 BC, es un rollazo en el paleolítico que para lo que más sirve es para que un chaval extranjero aprenda inglés (los hombres primitivos hablan sencilla y lentamente, claro). Por eso me suelo quedar en el episodio introductorio, que es el que me gusta y me resulta más divertido. Luego tiene ese aspecto de teatrillo de todos los viejos programas realizados prácticamente en directo y registrados con kinescopio, con una cámara dubitativa en ciertos momentos, pero que cuesta ahora de imaginar haciéndose de cualquier otra manera. 4. El bueno, el feo y el malo. Todos en uno. Barbara Wright (Jacqueline Hill) e Ian Chesterton (William Russell), profesores de la Coal Hill School, se hallan desconcertados porque una de sus alumnas, Susan Foreman (Carole Ann Ford), parece tener conocimientos de ciencias e historia que sobrepasan los de la Inglaterra de principios de los sesenta. Eso en el caso de no sonar completamente absurdos a oídos de cualquiera. Pronto llega uno de mis momentos favoritos, centrado en Susan escuchando un grupo ficticio de pop, John Smith and the Common Men, sola en clase, y moviéndose hechizada por la melodía. Me encanta porque, no sé si intencionadamente o no, los movimientos de la chica tienen algo mágico, como si verdaderamente se tratase de ese alguien de otro mundo que alude el título del episodio. Y la canción, claro, ayuda al espectador de hoy a ponerse en sintonía con la época. Dentro de la chatarrería, entre trastos viejos, se encuentra ni más ni menos que una cabina de policía (ese concepto de la comunicación tan maravillosamente británico), pero ni rastro de Susan. Pronto llega el abuelo de la chica, que se dirige directamente hacia la cabina y que, mientras se abre, dejará oírse dentro la voz de la chica. Este es el detalle que hace saltar a los preocupados profesores de su escondite. A partir de ese momento, tendrán oportunidad de comprobar que ya no es sólo que el abuelo de Susan, que se hace llamar el Doctor (William Hartnell), se muestre comprensiblemente irritado ante la aparición de los extraños, sino que se trata de un hombre receloso en general, de lengua mordaz y actitud condescendiente con quienes considera sus inferiores. Discuten sobre el paradero de Susan, forcejean y terminan entrando en la cabina de teléfono donde, asombrados, se topan con todo un complejo de tecnología futurista. Y allí está Susan tan ricamente, sin ninguna preocupación. Entre ella y su abuelo les explican que se encuentran en el interior del TARDIS (Time And Relative Dimension In Time), una máquina del tiempo que les permite viajar por el tiempo y el espacio, cuyo interior desafía toda ley física (es más grande dentro que fuera) y que se camufla adoptando un exterior adecuado al entorno (quedándose pronto estropeado y convertido en una cabina de policía para siempre). Este hecho, aunque se decidió así por razones de presupuesto, ahora mismo es irreversible por su total indentificación con la serie. Imposible imaginar otra máquina del tiempo para el Doctor. Wright y Chesterton también averiguan la condición de vagabundos temporales y el origen extraterrestre de Susan y el Doctor, no sin imaginar que el irascible anciano no les dejaría salir del TARDIS sabiendo todo aquello y que terminarían convertidos en sus primeros acompañantes, todo un oficio dentro de la serie. No es sólo la atracción de su pintoresco argumento, ni sus diálogos camp ni la imaginería barata de la que se rodean, ni siquiera el hipnótico ulular de un tema musical que se convertiría pronto en clásico. Es todo eso y mucho más, la fuerza de An Unearthly Child reside en un todo mucho mayor que la suma de sus partes. Y hay que verlo, no leerlo ni escucharlo, para darse cuenta de ello. Es un comienzo de comienzos, lógico en una historia sobre viajes en el tiempo a la que además se le añade lo singular de la regeneración del protagonista. Y seguro que vuelvo a ver el episodio dentro de no mucho, de hecho ya soy fan de John Smith and the Common Men. Tenía escrita otra cosa para hoy, pasando directamente de todo ese rollo de los tres seises, del remake cinematográfico que aún no he visto pero seguro acabaré viendo y de lo “originales” que han sido los jebis en todas partes con su woe to you, oh Earth and Sea... (olvidándose siempre de aquella mucho más simpática de maaarca mi núuumero...) en un día como éste, pero me ha parecido objetivo cambiarlo por la difusión del programa de Eurovisión La Cita. Totalmente objetivo que es uno, sí, ya. Sin embargo, no creo en las casualidades. Que entre hoy tan fuerte en la Red el piscolabis post-derrota eurovisiva de nuestras seleccionadas españolas no puede ser accidental. Yo, particularmente, esperaba el vídeo como agua de mayo, sobre todo cuando me enteré que había sido un espectáculo digno de pasar a la Historia de la Televisión. Tras verlo ahora, poco puedo añadir a todo lo que se dijo por ahí sobre este especial de TVE, y más cuando llego ya tan tarde al tema. Se ha hablado de que Massiel estaba pasadísima de rosca, que Carlos Lozano soltaba chascarrillos a destiempo... No es así. Es mucho peor. Pero es justo señalar cómo se ha malinterpretado la actitud de Massiel, vehemente de toda la vida, como una táctica de acoso y derribo hacia Las Ketchup, y con ganas de dar la nota ensalzando a Lordi más allá del deber. Yo lo veo de otra manera. ¿Cuántas de todas las cosas que dijo eran falsas? Ninguna. Sí es verdad que, de todas formas, se mostró demasiado altiva, y hubo momentos en los que se le subió a la cabeza. El orgullo, digo. Pero es lo que pasa cuando te juntas con personajillos de la talla de Santi Meifrén (Lordi no me ha gustado nada. Ellos eran feísimos, horrorosos) o Pepa Jiménez (Ha sido espantoso. Nunca he visto una cosa más fea que 'eso'), que inevitablemente tiendes a sentirte superior. Es normal. Me ha gustado también que, dado que mencionar a los sobadísimos Metallica o AC/DC no demuestra nada a estas alturas, se haya adentrado en datos que parecían referirse a la carrera en solitario de Nuno Bettencourt, el ex-guitarrista de Extreme, al hablar de sus poco conocidas capacidades vocales. No me extrañaría que Massiel tuviese copias de importación de esos proyectos de Nuno que no llegan a Europa; se notó que controlaba. Y yo todavía sin el de DramaGods... En fin, un vídeo que podría estar viendo una y otra vez sin cansarme, que había sido antes lanzado por news, pero que alcanza hoy justamente su expansión por medio de los adecuados canales del Virublog y del foro de La Mesa Camilla. Fue el detalle de Quique de compartir el programa en descarga directa, tras grabarse casualmente y “sin querer” por un amigo suyo, el que me ha hecho aplazar al Doctor y al TARDIS para otro día. Pero, repito, no creo en las casualidades, y menos hoy. 1. I was made for lovin’ you. Porque, vamos a ver, Kitty era precisamente el miembro que necesitaba la Patrulla X. La amiga perfecta para ese lector medio, habitualmente nerd, que se identificaría con una estudiante de trece años inteligente, que sacaba buenas notas y no se metía en líos. Además era ágil y atlética (cosas del ballet, supongo) y, si bien con John Byrne, su creador gráfico, fue algo larguirucha y con orejas de soplillo, la llegada de Paul Smith la convirtió en una chica realmente mona. Es decir, dejando aparte su poder mutante (y que tuviese un cociente intelectual de superdotado), Kitty era tan maravillosamente normal que sería el orgullo de cualquier padre tanto como el amor platónico de todo chico formal. Vale que luego se convirtió de manera poco usual en una experta en lucha y artes marciales, y eso da un poco de miedo, pero es lo que ocurre cuando te juntas con ciertas compañías. Encontró su primer amor en su compañero de grupo Coloso, y es que el buenazo de Piotr también lo tenía todo. No sólo era un chico de encanto exótico, fuerte y musculado, con gran sensibilidad artística... encima su nobleza le impedía no aprovecharse de Kitty cuando a ésta le picaba (tranquila, chica, que te montaron la escena tan bien que no quedaste como una salida). La relación en sí duró poco, pero de sus cenizas nació una gran amistad. Qué bonito. Kitty Pryde no era para nada la típica damisela en apuros, por supuesto. Era valiente, independiente y con un carácter que evolucionaba hacia la madurez emocional quizá demasiado rápido para su edad. Pero, de nuevo, es lo que ocurre cuando te juntas con ciertas compañías. 2. Dirty livin’. A fin de cuentas, su romance con el políticamente incorrecto Pete Wisdom no fue mala idea. Kitty ya había dejado atrás buena parte de su inocencia, aunque casi siempre se la recuerde así, y Wisdom resultaría un revulsivo para su vida. El único problema es que la pareja tenía entre 15 y 20 años de diferencia, pero bueno, Warren Ellis se apresuró en remarcar que ella ya había cumplido los 18 en aquél entonces... Tras la ruptura con Wisdom (pasando a tener 16 años, claro) y la separación de Excalibur, Kitty volvió a la Patrulla X. O por lo menos dicen que era ella. Ya no es que se comportase de forma opuesta a lo que entonces debía haber sido su Después, en |